Un impulso se caracteriza por ser algo que todas las personas viven o sienten en algún momento a lo largo de su vida, y se trata de llevar a cabo una acción de forma emocional o, por decirlo de otra forma, hacer algo “sin pensar”. Habitualmente, la persona es perfectamente capaz de gestionar estos impulsos, dejándose llevar en mayor o menor medida. Sin embargo, en algunas personas esta capacidad se ve altamente alterada, pudiendo desencadenar un desorden mental conocido como trastorno del control de impulsos.
El trastorno del control de impulsos se define, según el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-IV), como aquellos trastornos en los que la persona experimenta grandes dificultades o no es capaz de soportar o resistirse al impulso de cometer una acción que acabará siendo nociva para la propia persona o para los demás.
En casi todas estas alteraciones de la conducta, el paciente experimenta una sensación de tensión o de gran activación previa a la realización de la acción, seguida de una emoción o sentimiento placentero, de gratificación o, incluso, de liberación.
La sintomatología suele crónica y en un gran número de veces intrusiva, llegando a interferir en diferentes áreas de la vida del paciente. Asimismo, las personas afectadas por un trastorno de control de impulsos tienden a poseer un déficit en la capacidad para controlar sus emociones, lo que unido a los síntomas propios del trastorno puede provocar también un serie de alteraciones emocionales.
En la mayoría de los casos, la afección comienza en la etapa de la infancia o la adolescencia y los síntomas tienden a agravarse con el tiempo.
Clasificación
A pesar de que existen numerosas alteraciones psicológicas caracterizadas por un déficit en el control de los impulsos, algunos de los trastornos de control de impulsos más conocidos son los siguientes.
1. Trastorno explosivo intermitente
En el trastorno explosivo intermitente la persona experimenta capítulos recurrentes de conductas impulsivas, caracterizadas por ser de carácter agresivo y virulento. Asimismo, también puede acometer arrebatos de manifestaciones verbales coléricas y reacciones desproporcionadas a cualquier situación.
Algunos de sus síntomas incluyen rabietas, violencia doméstica o lanzar y romper cualquier objeto que el paciente tenga a mano.
2. Cleptomania
A pesar de ser uno de los trastornos con más fama dentro de los trastornos del control de impulsos, la cleptomanía es una alteración compleja que se define como la incapacidad de refrenar o dominar el impulso de robar.
Una persona cleptómana experimenta un irresistible impulso de robar, en muchas ocasiones, con el objetivo de apaciguar sus emociones. Asimismo, una peculiaridad poco conocida de la cleptomanía es que el paciente suele sentir culpabilidad tras acometer el robo.
3. Tricotilomanía
La tricotilomanía se caracteriza porque la persona es incapaz de reprimir el impulso de tirarse del cabello, llegando a arrancarlo y provocándose decalvaciones. Es alteración está muy asociada a la tricofagia, en la que la persona además de arrancarse el pelo lo ingiere de forma compulsiva.
4. Piromanía
Otro trastorno psiquiátrico sumamente conocido es la piromanía, en el cual el paciente siente el impulso de originar incendios, experimentando una sensación placentera, de alivio y de calma.
5. Ludopatía
La ludopatía también es conocida como juego compulsivo, y en ella la persona siente una incontrolable urgencia o necesidad de realizar o persistir en conductas relacionadas con el juego, aunque esto implique un grave deterioro en su vida o grandes pérdidas a nivel económico.
6. Dermatilomanía
Esta es una afección poco conocida en la que la persona siente la necesidad compulsiva de arañarse, rozar, pellizcarse o rascarse la piel.